Ver 130, 150 o incluso 160 latidos por minuto en un reloj inteligente puede resultar alarmante, especialmente si ya sufriste un infarto o tienes antecedentes de enfermedad del corazón.

Una frecuencia cardiaca alta no significa automáticamente que estés sufriendo un infarto.

Una persona sana y entrenada puede alcanzar frecuencias elevadas durante el ejercicio sin presentar ningún problema. En cambio, para una persona sedentaria, con enfermedad de las arterias coronarias o que recientemente sufrió un infarto, un esfuerzo demasiado intenso puede representar una exigencia mucho mayor.

Entonces, la verdadera pregunta no es solamente “¿cuántas pulsaciones son peligrosas?”, sino:

¿Puede mi corazón recibir suficiente oxígeno para soportar el esfuerzo que le estoy exigiendo?

En este video te explico qué ocurre con el corazón cuando aumentan tus pulsaciones, por qué una persona sedentaria puede tener problemas al realizar ejercicio intenso de forma repentina y qué puede pasar al combinar estimulantes con entrenamiento.


Primero: ¿cómo recibe oxígeno nuestro corazón?

Aunque el corazón es el encargado de mandar sangre a todo el cuerpo, él también necesita recibir su propio suministro de sangre y oxígeno y para eso existen las arterias coronarias.

Estas arterias nacen muy cerca del inicio de la arteria aorta y recorren la superficie del corazón para proporcionar sangre al músculo cardiaco.

El corazón tiene dos grandes fases durante cada latido: sístole y diástole.

Durante la sístole, el corazón se contrae para expulsar la sangre hacia el organismo.

Durante la diástole, el corazón se relaja y vuelve a llenarse de sangre.

La circulación coronaria, especialmente la que alimenta al ventrículo izquierdo, recibe una parte muy importante de su flujo durante la diástole.

Por eso esta fase de relajación es tan importante para la oxigenación del propio corazón.

¿Qué ocurre cuando aumenta la frecuencia cardiaca?

Imagina que tu corazón late 60 veces por minuto. Cada latido dispone de aproximadamente un segundo para completar todo su ciclo.

Ahora imagina que aumenta a 120 o 150 latidos por minuto.

El corazón tiene que realizar muchos más ciclos en el mismo minuto, así que cada uno dura menos.

Y una de las fases que se acorta de manera importante al aumentar la frecuencia cardiaca es precisamente la diástole.

Esto crea una situación interesante: mientras más rápido trabaja el corazón, mayor es su necesidad de oxígeno, pero también dispone de menos tiempo entre latidos para recibir parte de ese flujo coronario.

En una persona sana, el organismo cuenta con mecanismos capaces de aumentar el flujo sanguíneo hacia el corazón y adaptarse a las necesidades del ejercicio.

Por eso alcanzar una frecuencia cardiaca elevada durante una carrera, una sesión de bicicleta o un entrenamiento no significa automáticamente que exista un problema.

Entonces, ¿130 latidos por minuto son peligrosos?

No necesariamente.

Tampoco 150 o 160 latidos por minuto son automáticamente peligrosos para todas las personas.

La frecuencia cardiaca alcanzada durante el ejercicio depende de la edad, condición física, intensidad del esfuerzo, medicamentos, temperatura, estrés y estado cardiovascular.

Como referencia general, la American Heart Association utiliza porcentajes de la frecuencia cardiaca máxima estimada para orientar la intensidad del ejercicio, pero señala que las personas con enfermedad cardiaca o que utilizan medicamentos que modifican el pulso necesitan objetivos individualizados.

El problema aparece cuando la demanda supera lo que el corazón puede recibir

Durante el ejercicio, tus músculos necesitan más oxígeno. Para satisfacer esa necesidad, el corazón aumenta su frecuencia y la cantidad de sangre que bombea. Pero el propio corazón también está trabajando más y necesita recibir más oxígeno.

En una persona con arterias coronarias saludables, el flujo sanguíneo puede aumentar para adaptarse a esta demanda.

La situación puede ser diferente cuando existe enfermedad coronaria.

Si una arteria está significativamente estrechada, el flujo sanguíneo puede no aumentar lo suficiente cuando el corazón comienza a trabajar con mucha intensidad.

Es entonces cuando puede aparecer isquemia miocárdica, es decir, un desequilibrio entre el oxígeno que el corazón necesita y el que realmente recibe.

Pueden aparecer molestias como presión o dolor en el pecho, falta de aire, fatiga inusual o disminución repentina de la tolerancia al ejercicio.

¿Por qué una persona sedentaria puede tener problemas jugando un partido de fútbol?

Este es un escenario bastante fácil de imaginar.

Una persona lleva meses o incluso años realizando muy poca actividad física, pero un fin de semana decide jugar un partido con amigos.

Comienza tranquilo, pero después corre detrás del balón, acelera, frena, cambia de dirección y compite como lo hacía años atrás. Su corazón puede pasar rápidamente de una situación de reposo a un esfuerzo intenso al que no está acostumbrado.

Esto no significa que jugar fútbol cause infartos.

De hecho, realizar ejercicio regularmente es una de las herramientas más importantes para proteger la salud cardiovascular.

El problema está en pasar repentinamente del sedentarismo a un esfuerzo vigoroso, especialmente cuando existen factores de riesgo o una enfermedad cardiovascular que todavía no ha sido diagnosticada.

La American Heart Association señala que el ejercicio vigoroso no habitual puede aumentar temporalmente el riesgo de eventos cardiovasculares en personas inactivas y susceptibles; al mismo tiempo, enfatiza que los beneficios del ejercicio regular superan ampliamente estos riesgos.

Por eso alguien sedentario no necesita tener miedo de hacer ejercicio. Necesita comenzar progresivamente.

Aquí la frecuencia cardiaca adquiere todavía mayor importancia, pero tampoco debe convertirse en una fuente permanente de miedo.

Después de un infarto no se trata de mantener el corazón siempre a pocas pulsaciones ni de evitar cualquier esfuerzo.

El objetivo es determinar qué intensidad de ejercicio puede realizar cada paciente de manera segura y progresiva.

Y eso depende de múltiples elementos: la extensión del daño cardiaco, funcionamiento del corazón, presencia de isquemia, medicamentos, presión arterial, capacidad física y respuesta individual al ejercicio.

Por esta razón, utilizar solamente una fórmula encontrada en internet puede ser insuficiente.

La rehabilitación cardiaca utiliza la valoración clínica y la respuesta durante el ejercicio para construir un programa adaptado a las capacidades del paciente. La AHA recomienda trabajar junto con el equipo de salud para establecer un plan después de un infarto, procedimiento o cirugía cardiaca.

El ejercicio también funciona como una dosis

Podemos pensar en el ejercicio de manera parecida a un medicamento.

Una dosis adecuada puede producir grandes beneficios.

Una dosis demasiado pequeña probablemente no consiga todos los efectos que buscamos.

Y una intensidad demasiado elevada para la condición de una persona puede provocar síntomas o complicaciones.

Por eso una rutina que funciona perfectamente para una persona sana de 25 años no necesariamente es adecuada para alguien de 65 años que sufrió un infarto recientemente.

La intensidad necesita individualizarse.

Algunas personas utilizan productos con cafeína u otros estimulantes antes de entrenar y además los combinan con bebidas energéticas.

El problema es que pueden terminar consumiendo una cantidad de estimulantes mucho mayor de la que creen.

La cafeína puede aumentar la frecuencia cardiaca y provocar palpitaciones en algunas personas, y la cantidad presente en bebidas energéticas y otros productos varía considerablemente. La FDA señala además que la sensibilidad a la cafeína cambia de una persona a otra y que ciertas enfermedades y medicamentos pueden modificar esa respuesta.

Si además añadimos ejercicio intenso, el organismo recibe simultáneamente el estímulo del entrenamiento y el efecto de estas sustancias.

Esto no significa que tomar un preentreno provoque automáticamente un infarto, pero combinar múltiples fuentes de estimulantes sin conocer las dosis puede aumentar innecesariamente el estrés cardiovascular, especialmente en personas susceptibles.

Leer las etiquetas y conocer cuánta cafeína estamos consumiendo es mucho más importante de lo que parece.

¿Una frecuencia cardiaca muy alta puede producir un infarto tipo 2?

A diferencia del infarto tipo 1, que suele relacionarse con la ruptura o erosión de una placa de aterosclerosis y la formación de un trombo en una arteria coronaria, el tipo 2 ocurre en un contexto de desequilibrio entre el aporte y la demanda de oxígeno del músculo cardiaco, sin que el mecanismo principal sea una trombosis coronaria aguda.

Entonces, ¿cuándo debería preocuparme?

Más que obsesionarte con una cifra específica del reloj, presta atención a cómo responde tu cuerpo al esfuerzo.

Interrumpe el ejercicio y busca valoración médica si aparecen síntomas preocupantes como dolor o presión en el pecho, falta de aire desproporcionada, mareo intenso, desmayo, palpitaciones acompañadas de malestar importante o una disminución inexplicable de tu capacidad para realizar esfuerzos.

Si los síntomas hacen sospechar una emergencia cardiaca, solicita atención médica inmediata.